El día que no saqué buenas notas

Y lo que mi cuerpo aprendió ese día

SINDROME DE LA IMPOSTORA

El origen del Síndrome de la Impostora/or no siempre viene de una infancia difícil. A veces viene de días normales, de una mirada que cambió sin que nadie lo supiera, y de un cuerpo de niña que aprendió algo que todavía hoy sigue activo.

Yo era una niña de sacar buenas notas

Recuerdo que lo vivía con normalidad.

No era algo que celebrara con entusiasmo, ni que convirtiera en identidad consciente. Simplemente ocurría. Llegaba al colegio, respondía cuando me preguntaban, me sabía las lecciones. Y el ambiente a mi alrededor se mantenía distendido, cálido, seguro.

Con cinco o seis años, aprendiendo la tabla de multiplicar, mi querido profesor Agustín me decía a veces: «Ana, ayuda a tu compañera.» Y yo lo hacía con naturalidad. Nos reíamos un poco, jugábamos con el ejercicio. Era lo normal.

Lo que yo no sabía entonces es que mi cuerpecito de curso infantil estaba registrando algo muy preciso:

Cuando sé las respuestas, el ambiente es cálido. El vínculo está a salvo. Hay espacio para mí.

Eso no era un pensamiento. Era una memoria. Una memoria que no tenía palabras. Que vivía en el cuerpo antes de que yo pudiera explicarla. Era mi estado natural y mi manera de sentir.

Pero un día

Estaba despistada (siempre fui tremendamente despistada).

O bloqueada. O simplemente en uno de esos días en que la mente no responde.

Mi profesor me preguntó la tabla de multiplicar. Y no la supe. No me salían las respuestas.

No hubo bronca. No hubo drama. Mi querido Agustín no me trató mal. Probablemente ni siquiera lo recuerde.

Pero yo sí.

Recuerdo el nudo en la garganta.

La incomodidad repentina.

Algo que hoy puedo nombrar como miedo difuso al error, esa sensación de que algo pequeño puede tener consecuencias que no controlas.

Sentí que lo estaba decepcionando.

Que algo podía cambiar en nuestra relación.

Que si dejaba de ser de sus favoritas, podía perder ese vínculo.

No lloré, no era habitual en mí. Pero tenía muchas ganas de hacerlo.

Pasé toda la tarde triste y angustiada.

Fue la primera de muchas tardes así. Algo en mí se había instalado.

Aunque no fui consciente de ese momento concreto, no lo relacioné con lo que sentí después. Simplemente ocurrió esa asociación. Y luego se repitió, hasta convertirse en una manera de estar en el mundo. Lo que sí recuerdo con más claridad es el miedo que fue creciendo. El miedo a fallar. A no saber. A equivocarme.

Lo que ocurrió en ese momento, visto desde hoy

Ahora, desde la profesional adulta que soy, reconozco ahí el origen del Síndrome de la Impostora/or.

No en el drama. Sino en lo sutil.

En esa situación cotidiana en la que yo, como niña, no era capaz de entender que no pasaba nada grave. Que equivocarse es humano. Que mi profesor no me iba a dejar de querer porque un día no me supiera una tabla de multiplicar.

Pero el sistema nervioso de una niña de seis años no razona así.

El sistema nervioso registra. Y lo que registró el mío fue algo muy concreto:

Para ser válida y que me quieran, lo tengo que hacer bien. Me tengo que saber la tabla de multiplicar.

Ahí nace lo que en el Modelo Neurorelacional llamamos la herida de la insuficiencia. La creencia implícita, no verbalizada, de que el vínculo tiene condiciones. Que el amor o la aceptación no son incondicionales, sino que dependen de lo que rindo.

No aprendí: «Soy valiosa y además saco buenas notas.»

Aprendí: «Soy valiosa cuando saco buenas notas.»

Esa diferencia, aparentemente pequeña, lo cambia todo.

Para entender por qué esto se instala tan profundamente, hay que mirar al sistema nervioso. Cuando Agustín me miraba con orgullo y el ambiente era cálido, en mi sistema nervioso se activaba el estado ventral, el estado de seguridad, conexión y calma. El cuerpo registró: cuando rindo bien, hay vínculo, hay calor, hay seguridad.

El día que no supe la tabla, algo cambió en ese estado. Y el sistema nervioso lo interpretó como una señal de alerta. No como un problema académico. Como una microamenaza relacional. Algo podía romperse.

A eso lo llamamos en el modelo el ventral condicionado: el acceso a la seguridad, la conexión y el calor quedó ligado al rendimiento. Dejó de ser libre. Pasó a tener un precio: hacerlo bien.

Y junto a la herida, nacen los protectores

Ese día en el colegio no solo se instaló la herida. También aparecieron, casi de inmediato, las dos partes que iban a intentar que eso no volviera a pasar.

La primera voz que escuché fue algo parecido a:

Esto no debería haber pasado. ¿Cómo has podido no saberte la tabla? Lo hiciste mal.

Eso, con el tiempo, aprendí a llamarlo El Juez Interno. La parte que evalúa, anticipa, culpa. La que vigila para que el error no se repita. La que creció para proteger el vínculo, aunque lo haga a costa de tu tranquilidad.

La segunda voz llegó enseguida:

Esto no volverá a pasar. Esta tarde me estudio en casa la tabla entera. Y la siguiente. Y la que viene después.

Eso es El Exigente Interno. La parte que empuja a hacer más, a prepararse más, a no bajar el ritmo nunca. También nació para protegerme. Para garantizar que la condición, hacerlo bien, se cumpliera siempre.

Y también estaba ahí algo más silencioso: la decisión de no mostrar lo que sentía. De no llorar. De parecer que todo estaba bien.

Una máscara que, sin saberlo, me puse ese día. Porque ya formaba parte de mí. Tan pequeña, y ya sentía que tenía que ser fuerte. No llorar.

Ya tenemos el origen del Síndrome de la Impostora/or: una herida de insuficiencia y dos protectores que llevan toda la vida intentando que esa herida no vuelva a activarse.

Por qué esto importa hoy, cuando eres adulta

Porque el sistema nervioso no sabe que el tiempo ha pasado.

La niña que aprendió que equivocarse tenía un coste relacional ya no está en el colegio. Pero el patrón de activación que instaló ese día, con sus correspondientes días futuros hasta que se convirtió en un patrón, sigue funcionando. El nudo en la garganta, el miedo difuso a equivocarse, el juez que evalúa, el exigente que quiere mejorar una y otra vez, la máscara de fuerte.

A mí me ocurrió de una forma tan sutil que casi no lo vi. Pero en consulta he escuchado cientos de versiones distintas. Hay quien recuerda con nitidez: «Lo has hecho mal, deberías cambiarlo.» Quien creció con un modelo donde solo se señalaba el error, nunca el acierto. Quien escuchó «¿por qué has sacado solo un 7?» cuando los otros tres trimestres había sacado dieces. Quien aprendió que celebrar el 9 no tenía sentido porque sacar buenas notas era simplemente su obligación.

Formas distintas de llegar al mismo lugar:

un sistema nervioso que aprendió que el vínculo tenía condiciones.

Ahora, cuando ya somos adultas y adultos, ese patrón se reactiva cada vez que nos exponemos profesionalmente.

Cada vez que publicas, presentas, cobras, propones.

Cada vez que alguien te da un reconocimiento y algo en ti lo descarta.

Lo que se activó ese día en la clase de Agustín se sigue activando hoy.

La adulta sigue operando con el mapa de la niña.

Qué hace diferente al Modelo Neurorelacional

Lo habitual cuando se trabaja el Síndrome de la Impostora/or es ir a los pensamientos. Identificarlos, cuestionarlos, cambiarlos. Y eso tiene valor.

Pero hay algo que ese enfoque no puede alcanzar:

La creencia no vive en el córtex. Vive en el sistema límbico. En la memoria implícita. En el cuerpo.

Se formó antes de que hubiera palabras para nombrarla. Por eso no se va cuando le damos razones.

El Modelo Neurorelacional del Síndrome de la Impostora/or trabaja exactamente ahí. Integrando neurobiología, trabajo con partes internas y terapia corporal. Porque el cambio que necesitamos no es un cambio de argumento.

Es un cambio de experiencia.

Que el sistema nervioso aprenda, de verdad, que ya es seguro mostrarse.

Que el vínculo no depende de sacar un diez.

Que la tabla de multiplicar puede fallar.

Y que seguirás siendo válida, querida, suficiente.

No te falta capacidad. Te sobra juez interno.

Si esto te resuena

El primer paso es reconocerlo. Observarte sin juicio cuando el juez aparece, cuando el exigente empuja, cuando la máscara se pone sola.

Ese reconocimiento ya es terapéutico. Poner nombre a lo que ocurre cambia la relación con ello.

Porque esta historia, la de la niña que aprendió que equivocarse tenía un coste, no es solo mía.

Puede que también sea la tuya.

Y si quieres entender cómo funciona el Juez Interno específicamente, cómo se formó y cómo empezar a calmarlo, he creado un entrenamiento en audio gratuito pensado para terapeutas y psicólogas.

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